Relatos ganadores del I Concurso de Microrrelatos de GuaguaGomera

Relatos ganadores del I Concurso de Microrrelatos de GuaguaGomera

30.04.2026

EL SÉPTIMO CAÑO, de Daniela Ann | Primer Premio Modalidad General

La guagua se detuvo con suavidad en una recta inesperada, un respiro de asfalto llano entre tanta montaña. Ella bajó, respirando solo el aire puro que baja de las cumbres.

Caminó hacia los chorros con el alma en duda y, frente a los siete caños de madera, recordó el susurro de los viejos: “Si bebes de los siete, te casas antes de un año.” Pero ella no buscaba marido, sino claridad.

Él la observaba desde la laurisilva, esperando que eligiera un caño par, como dictaba la norma para las mujeres. Ella, sin embargo, se acercó al séptimo, aquel que los rumores reservan para las brujas y los destinos indomables.

Antes de que el agua rozara su piel, el hombre advirtió en un susurro:

“Cuidado, muchacha. Ese caño no trae marido, trae tormentas.”

Ella lo miró con una sonrisa tranquila.

“No busco quien me guarde de la lluvia” respondió, “sino aprender a caminar bajo el rayo.”

Al mojar sus labios, el bosque contuvo el aliento. No hubo boda, pero cuentan que, desde esa tarde en los Chorros de Epina, sus ojos adquirieron el verde del Garajonay y nunca más necesitó que un hombre le dijera quién era.

SALUDO TRANSFORMER, de Daniel Simón Jara | Primer Premio Modalidad Escolar

Una mañana, como todas las mañanas, me desperté a las 7 AM. A esa hora estaba sonámbulo, aun medio dormido, porque la noche anterior me quedé hasta tarde dibujando. Me duche para despejarme, para estar “fresco como una lechuga”; desayune unas fajitas rellenas de queso que me encantan y me cambié la ropa, porque ir en pijama al colegio no está bien visto.

Como siempre, esperé a la guagua en la parada cerca de mi casa, pero este día no fue como los otros. Había algo en el ambiente que no me gustaba y decidí esperar la guagua dentro de casa. No sabría decir por qué, pero se notaba en el aire, incluso en el paladar, no iba a ser un día como otro cualquiera.

José llegó puntualmente, como siempre, y como no me vio fuera, picó las luces. Es una señal que nunca pactamos, pero los dos entendemos. Salí, subí los escalones, di los buenos días y me senté en mi sitio, cuarta fila a la izquierda, ventana (¡por supuesto!).

José arrancó, en la radio: las noticias no decían nada que me desviara de mirar por el cristal.

De repente vi una roca muuuuy rara, de color rojo y azul, o eso parecía porque rodaba rápidamente desde la cima del Lomo del Carretón hacia nosotros. Yo me asuste y le dije a José que parara la guagua, pero no me escuchó. La roca de colores derrapó a escasos metros de la guagua, ¡las rocas no derrapan!

¡Era un robot gigante!

La roca se transformó en un humanoide que, en lugar de chocarnos y habernos enviado al fondo del barranco, nos saludó. ¡Abrió su inmensa mano y saludó! No podía creer lo que estaban viendo mis ojos. Con la misma rapidez se volvió a transformar en roca y siguió rodando, ya barranco abajo.

Aún pienso en ello y no tengo claro si la ducha mañanera no funcionó o es que los transformers de monte están ahí fuera.

UN VIAJE DE PELÍCULA, de Arnay Hernández León | Segundo Premio Modalidad Escolar

La guagua salió de La Villa muy temprano, cuando el cielo todavía estaba medio oscuro. Yo iba sentado junto a la ventana, mirando cómo las casas se hacían pequeñas mientras subíamos por la carretera llena de curvas hacia Vallehermoso. El conductor ponía música bajita y todo parecía normal, hasta que pasó algo rarísimo.

En una parada donde casi nunca sube nadie, apareció un animal extraño. Era como un mono, pero con colores brillantes, como azul y amarillo, y tenía una cola pequeña. Nadie sabía qué era, pero el conductor le abrió la puerta igual, como si fuera lo más normal del mundo.

El animal subió y se sentó en un asiento vacío. Algunas personas se asustaron un poco, pero no hacía nada malo, sólo miraba por la ventana como yo. Incluso en un momento sacó algo como una fruta y empezó a comer tranquilamente.

Yo no podía dejar de mirarlo. Me preguntaba qué era y qué iba a hacer. Cuando llegamos a Vallehermoso, el animal se bajó sin hacer ruido y desapareció entre los callejones, muy rápido, sin dejar ninguna pista extra. Nadie en la guagua pudo explicar nunca jamás qué había pasado.

UN ENCUENTRO INESPERADO, de Diego Alejandro Zapata Sánchez | Tercer Premio Modalidad Escolar

Martín se bajó de la guagua en Imada, con los nudillos blancos por apretar una brújula vieja y rota. Su vida en la ciudad se había roto, y ahora tenía una deuda emocional que no podía saldar. La Fortaleza de Chipude se levantaba frente a él como un antiguo altar de sacrificios. Era una gran masa de basalto tan impresionante que parecía silenciar los gritos que Martin llevaba dentro.

Caminó bajo la sombra del Bar de Arcilia, donde el sonido de risas lejanas lastimaba su soledad. Al borde del precipicio, donde el viento sopla fuerte como un animal lastimado, Martín halló un zapato de niño dejado entre las piedras. El miedo le subió por la espalda al pensar en un final triste, pero luego vio a un hombre salvando a un pobre cordero.

“El abismo solo te atrapa si tú se lo permites”, declaró el hombre, con los brazos llenos de sangre pero con determinación.

El rescate urgente, bajo la atenta mirada de la Fortaleza, fue el impulso que Martin necesitaba. La conclusión es que, en la gran altura de Imada, se aprende que caer solo es algo final si dejas de pelear contra el peso de tus propios miedos.

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